sábado, 2 de marzo de 2013

En el Jardín de Loto




En mi mano tengo los papelitos que me diste aquel dia en que decidimos decirnos todo cuanto aconteció en el proceso del JUEGO que inventamos en Huatulco: aquellas "escondidillas" que jugamos en "La crucecita", en Huatulco, en aquella tarde de Enero. 

Están enumerados del uno al diez, escritos a lápiz porque perdí la copia que me hiciste en tinta. Casi pensé haberlos perdido, pero no. Los tenía dentro de ese libro, tal y como esperaba...

... y mientras los voy re-leyendo, te re-escribo, observándote mientras recuerdo aquel momento, contemplándote desde tus letras, justo en esa parte del juego que yo no vi :
                 
  
       " Me levanté. Tenía que empezar el juego sin que lo supieraS (así como empezamos a jugar juntas sin darnos cuenta).

Te quedaste en la mesa y yo me fui, corazón en mano, a buscar los lugares del juego (que son todos contigo)
En mi camino, un muchacho me prestó un papel y una pluma. Él no lo sabía pero ya había empezado a jugar.

Escribí el primer papelito, el que te anunciaba el inicio de la búsqueda, pero después no llegó el segundo ni el tercero, sino el cuarto, que fui a dejar a una fuente, previa obtención de un gran pedazo de concreto.

Para el tercero, que fue el siguiente, la tinta de la pluma se había acabado, así que un mesero (que jugó sin saberlo) me prestó la suya, con la cual escribí el mensaje para ponerlo debajo de una semilla en el hueco de donde salía una cuerda que sostenía una frágil caseta de vigilancia.

Me regresé aprsuradamente a nuestro sitio. Ahi me enteré que pensabas que no regresaría, que el juego ya había empezado... ¡Cuánta razón tenías en esto último! Pero me esforcé en que aún no lo supieras y pedí una cerveza que, desde el principio, sabía que quedaría sin terminarse (jugando, siempre jugando) y ahí, en la mesa, escribí el cuarto papelito. (el segundo que leerías) pero te dejé la libreta y tenía que recordar lo escrito; así que, también sin que te dieras cuenta, le tomé una foto y, armada de un (otro) papelito que había arrancado sin que lo vieras, me fui al baño (sin terminar la cerveza)

Escribí, por segunda ocasión, el cuarto papelito (segundo para tí) y se lo entregué al mesero (otro que jugaba sin buscarlo).

Corrí hasta la capilla, donde coloqué el segundo papelito y escribí el quinto (que era el quinto en todo sentido) y corrí, de nuevo, hasta el café al que, si todo salía bien, te llevaría aquel segundo papelito.

Le entregué el quinto papelito a un jóven mesero; le expliqué que tú (a quien todavía él no conocía) preguntarías por un recado; le enseñé tu foto, le describí tu cabello negro, corto, y tu vestido verde militar.

El mesero abrió el papelito, como tratando de entender, pues no sabía que él también estaba jugando. Le agradecí y me fui a esconder al teatro, ese lugar que escogí para ser encontrada por ti.

Mientras te esperaba, en medio del nerviosismo y la expectativa, creí que algo había perdido; así que fui hasta el lugar en donde empezó el juego, pero con cautela: caminé rápido, encorvada y riéndome en esa complicidad contigo, como si me miraras, mientras la gente que me veía pasar me miraba con extrañeza.

Regresé a mi escondite, preguntándome dónde estarías, si habrías encontrado los papelitos, si los papelitos estaban aún en los sitios que elegí. Me levanté para ver si alcanzaba a verte y sí: de lejos, mi compañera de juegos se detenía en el parquecito y miraba hacia varias direcciones. En algún momento miraste hacia donde yo estaba y, en mi reflejo para que no me vieras, me hice para atrás y casi me caigo. En ese momento platicaba con un hombre en el que yo podía observar una verdadera curiosidad acerca de lo que estábamos haciendo.

Después de mi "casi caída", ya no te vi, así que me decidí a sentarme, fumar y esperar a que llegaras.

Unos minutos después estabas ahí, guapísima y con tu sonrisa y una mirada muy parecida a la primera vez que nos encontramos. Me levanté (mi corazón y yo volvíamos a temblar como ese primer día) y nos abrazamos, así tambié, como ese día... y el teatro era ya pequeño para nosotras: acaso sólo la mar (a unos cuantos metros de nosotras) sabía la felicidad inabarcable de nuestro encuentro. 

Constanza. "


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