sábado, 2 de marzo de 2013

En el Jardín de Loto I


Bajo mis ojos aparecen tus letras contando la historia del juego que hicimos aquel día tan cerca del mar; ese juego que tuvo como escenario el teatro griego, el Café Huatulco, el kiosco, la iglesia y hasta la caseta de vigilancia.

Te leo y vuelvo a encontrar ahí los papelitos que te dejé como pistas para hallarnos, mientras te imagino, desde tus letras, "en esa parte del juego que yo no vi":

"Un cronopio es una flor. Dos son un jardín.

Me encontraba caminando en espirales que se abrían con mis brazos y se cerraban en los pies. Tú, aquella niña de los ojos de mar me habías dejado una nota que decía: comienza el juego: ¿En dónde estoy?

    

Yo me levanté de la silla, luego de pagar la cuenta al mesero y agradecerle el haberme pasado el recado. La mar se encontraba frente a mis ojos como tu cuerpo, desnuda, esperando quizá una ola en donde sumergir mi cuerpo.

Caminé hasta la capilla, en donde se había dado la cita y allí me encontré otra nota.


La fotografié para recordar en dónde la había  hallado y, con los ojos húmedos de llanto y una sonrisa, proseguí hacia la ruta trazada.



Siguiendo la línea de tus letras, llegué hasta las lanchas varadas en el muelle, desde donde sentí que iba a perderte el rastro por haber entendido mal la señal que me habías dejado.




Mas luego de un rato, entendí otra cosa y entonces fui a buscarte debajo de una caseta, en el agujerito donde se ataba la cuerda.

Seguí caminando hasta las fuentes y, de paso, me pareció verte parada al lado de una columna del teatro.

Me puse nerviosa y pensé (por segundos) que te había encontrado, mas decidí seguir las instrucciones del juego y seguir jugando. Entonces fui yo quien tuvo que esconderse para que tú no me vieras y así llegué hasta las fuentes. Seguí una a una, hasta encontrar aquella piedra debajo de la cual se encontraba el otro señuelo.




Decía que preguntara en el Café y que un mesero me daría la otra pista.



                                          Caminé hasta el café

y el mesero se acercó a mí con un papelito en la mano.


Le pedí que me dejara tomarle una foto, él se sorprendió de no saber que quizá también estaba jugando. Su cara de sorpresa se transformó en una de absurdo cuando le comenté que sólo se trataba de un juego.

El mensaje que tenía en mis manos decía que te hallaría en el teatro, finalmente.


Cuando llegué hasta ahí, un hombre me dijo que estabas escondiéndote de mí. Sonreí y me acerqué hasta donde pudiera verte y te tomé una foto. 


En tu mano, un cigarrillo intentaba calmar tu desesperanza.



Cuando me viste, notaste que yo sonrería y luego nos abrazamos como si nos hubiésemos visto por vez primera.

¿Recuerdas aquel día?
                                                 Jezz."

En el Jardín de Loto




En mi mano tengo los papelitos que me diste aquel dia en que decidimos decirnos todo cuanto aconteció en el proceso del JUEGO que inventamos en Huatulco: aquellas "escondidillas" que jugamos en "La crucecita", en Huatulco, en aquella tarde de Enero. 

Están enumerados del uno al diez, escritos a lápiz porque perdí la copia que me hiciste en tinta. Casi pensé haberlos perdido, pero no. Los tenía dentro de ese libro, tal y como esperaba...

... y mientras los voy re-leyendo, te re-escribo, observándote mientras recuerdo aquel momento, contemplándote desde tus letras, justo en esa parte del juego que yo no vi :
                 
  
       " Me levanté. Tenía que empezar el juego sin que lo supieraS (así como empezamos a jugar juntas sin darnos cuenta).

Te quedaste en la mesa y yo me fui, corazón en mano, a buscar los lugares del juego (que son todos contigo)
En mi camino, un muchacho me prestó un papel y una pluma. Él no lo sabía pero ya había empezado a jugar.

Escribí el primer papelito, el que te anunciaba el inicio de la búsqueda, pero después no llegó el segundo ni el tercero, sino el cuarto, que fui a dejar a una fuente, previa obtención de un gran pedazo de concreto.

Para el tercero, que fue el siguiente, la tinta de la pluma se había acabado, así que un mesero (que jugó sin saberlo) me prestó la suya, con la cual escribí el mensaje para ponerlo debajo de una semilla en el hueco de donde salía una cuerda que sostenía una frágil caseta de vigilancia.

Me regresé aprsuradamente a nuestro sitio. Ahi me enteré que pensabas que no regresaría, que el juego ya había empezado... ¡Cuánta razón tenías en esto último! Pero me esforcé en que aún no lo supieras y pedí una cerveza que, desde el principio, sabía que quedaría sin terminarse (jugando, siempre jugando) y ahí, en la mesa, escribí el cuarto papelito. (el segundo que leerías) pero te dejé la libreta y tenía que recordar lo escrito; así que, también sin que te dieras cuenta, le tomé una foto y, armada de un (otro) papelito que había arrancado sin que lo vieras, me fui al baño (sin terminar la cerveza)

Escribí, por segunda ocasión, el cuarto papelito (segundo para tí) y se lo entregué al mesero (otro que jugaba sin buscarlo).

Corrí hasta la capilla, donde coloqué el segundo papelito y escribí el quinto (que era el quinto en todo sentido) y corrí, de nuevo, hasta el café al que, si todo salía bien, te llevaría aquel segundo papelito.

Le entregué el quinto papelito a un jóven mesero; le expliqué que tú (a quien todavía él no conocía) preguntarías por un recado; le enseñé tu foto, le describí tu cabello negro, corto, y tu vestido verde militar.

El mesero abrió el papelito, como tratando de entender, pues no sabía que él también estaba jugando. Le agradecí y me fui a esconder al teatro, ese lugar que escogí para ser encontrada por ti.

Mientras te esperaba, en medio del nerviosismo y la expectativa, creí que algo había perdido; así que fui hasta el lugar en donde empezó el juego, pero con cautela: caminé rápido, encorvada y riéndome en esa complicidad contigo, como si me miraras, mientras la gente que me veía pasar me miraba con extrañeza.

Regresé a mi escondite, preguntándome dónde estarías, si habrías encontrado los papelitos, si los papelitos estaban aún en los sitios que elegí. Me levanté para ver si alcanzaba a verte y sí: de lejos, mi compañera de juegos se detenía en el parquecito y miraba hacia varias direcciones. En algún momento miraste hacia donde yo estaba y, en mi reflejo para que no me vieras, me hice para atrás y casi me caigo. En ese momento platicaba con un hombre en el que yo podía observar una verdadera curiosidad acerca de lo que estábamos haciendo.

Después de mi "casi caída", ya no te vi, así que me decidí a sentarme, fumar y esperar a que llegaras.

Unos minutos después estabas ahí, guapísima y con tu sonrisa y una mirada muy parecida a la primera vez que nos encontramos. Me levanté (mi corazón y yo volvíamos a temblar como ese primer día) y nos abrazamos, así tambié, como ese día... y el teatro era ya pequeño para nosotras: acaso sólo la mar (a unos cuantos metros de nosotras) sabía la felicidad inabarcable de nuestro encuentro. 

Constanza. "


.

viernes, 1 de marzo de 2013

Entre juegos y jardines


Jardines que son islas para el juego.
Múltiples jardines para infinitos juegos en islas interminables.
A veces yo soy un jardín en el que ella juega. A veces ella es un jardín en el que juego, o una isla en la que yo creo un jardín en el que jugamos.
Otras veces somos el juego en el que el jardín se recrea, otras somos islas que convergen en el jardín o un jardín que juega en cada isla que crea.
Inventamos cada vez: a cada trazo, a cada línea, verso, papelito, melodía, mirada, contacto, nuevos jardines surgen junto con nuevas formas de jugarlos.
Y es así como esta naturaleza cambiante, a veces nómada, a veces viento, se crea y se reinventa cada vez, transformando tiempo y espacio con palabras y juegos, con jardines y versos, con islas y música.

Estos jardines son también puertas, caminos, escaleras, puentes, puertos, abismos, arribos: nuestros jardines son lo que nuestros juegos requieran; nuestros juegos son lo que ella y yo seamos o deseamos. Siempre bellos y nuevos siempre, los jardines nos hacen y ella y yo hacemos a los jardines.
Y este Jardín de Loto es el sitio que elegimos para compartir nuestros jardines y nuestros juegos para quien /sepa abrir la puerta para ir a jugar.
Así, pues, juguemos.

Cadáver exquisito o cómo se escribe desde el sueño


Cuando el tiempo revela el juicio de los sueños, la mirada se transforma en una ola que irrumpe en los miedos, camina despierta y toma la vida que le queda como suya, enteramente, alejada de la muerte. Como si fuera otra, la extraña, la inabarcable o el suspiro, pero nunca eso que está después de la mano, el gesto del cansancio cotidiano, de la desesperanza.

Así se va más allá de la muerte y de la vida, erigiendo templos que suavizan los tormentos, cielos que cubren a los frágiles cuerpos que temen a la noche y al silencio, ese silencio que rompe la piel y devela cada veta que yace en el fondo del deseo; pero así surge también la belleza, en ese palpitar enloquecido del abismo, en esa espera callada que se dirige a la luna y que mueve las vidas de todos los ausentes... y se dirige hacia ella abrazándola, como quien ha perdido algo infinito que sólo puede ya contemplar en un cuadro y deshilvanar las formas, como si de eso dependiera la cordura.

Pero en la cordura se oculta, como animal entrenado, la sombra, el vacío, esa muerte que es falta de deseo y de palabra, carencia de profundo encanto, donde la risa huye y se esconde, y los astros no revelan sueños que desvelen la consciencia, porque la consciencia es de la tierra y los astros pertenecen al viento, ese viento que incita y que invita a perderse, así como el mar en las costas, así como la noche en su mirada, esa mirada que llama a volver al rincón olvidado y seducir de nuevo los horizontes lejanos, aquellos que dibujan el sendero con su luz y devuelven el por qué en el rostro de una estrella con sus constelaciones trazadas en la bóveda celeste reflejada en los caminos que se andan, que devuelven tiempo y voluntad al navegante de estos astros que se asoman en esta oscuridad tan clara como velas encendidas que le resguardan promesas.
Soñante sumergido en el claroscuro tibio y punzante de su inmensidad amenazada por las lágrimas de su inocencia.

¿Qué es un Cronopio?


























"Un cronopio es una flor, dos son un jardín."

J. Cortázar.