Cuando el tiempo revela el juicio de los sueños, la mirada
se transforma en una ola que irrumpe en los miedos, camina despierta y toma la
vida que le queda como suya, enteramente, alejada de la muerte. Como si fuera
otra, la extraña, la inabarcable o el suspiro, pero nunca eso que está después
de la mano, el gesto del cansancio cotidiano, de la desesperanza.
Así se va más
allá de la muerte y de la vida, erigiendo templos que suavizan los tormentos, cielos
que cubren a los frágiles cuerpos que temen a la noche y al silencio, ese
silencio que rompe la piel y devela cada veta que yace en el fondo del deseo;
pero así surge también la belleza, en ese palpitar enloquecido del abismo, en
esa espera callada que se dirige a la luna y que mueve las vidas de todos los
ausentes... y se dirige hacia ella abrazándola, como quien ha perdido algo
infinito que sólo puede ya contemplar en un cuadro y deshilvanar las formas, como si de eso dependiera
la cordura.
Pero en la cordura se oculta, como animal entrenado, la sombra, el
vacío, esa muerte que es falta de deseo y de palabra, carencia de profundo
encanto, donde la risa huye y se esconde, y los astros no revelan
sueños que desvelen la consciencia, porque la consciencia es de la tierra y los
astros pertenecen al viento, ese viento que incita y que invita a perderse, así
como el mar en las costas, así como la noche en su mirada, esa mirada que llama
a volver al rincón olvidado y seducir de nuevo los horizontes lejanos, aquellos
que dibujan el sendero con su luz y devuelven el por qué en el rostro de una
estrella con sus constelaciones trazadas en la bóveda celeste reflejada en los
caminos que se andan, que devuelven tiempo y voluntad al navegante de estos
astros que se asoman en esta oscuridad tan clara como velas encendidas que le
resguardan promesas.
Soñante sumergido en el claroscuro tibio y punzante de su inmensidad amenazada por las lágrimas de su inocencia.
Soñante sumergido en el claroscuro tibio y punzante de su inmensidad amenazada por las lágrimas de su inocencia.
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